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martes, 27 de abril de 2010

Idealidad y realidad

"La tendencia fundamental de la filosofía kantiana consiste en poner de manifiesto la completa diversidad de lo real y de lo ideal, después que Locke se había encaminado ya en esa dirección. Superficialmente puede decirse: lo ideal es la forma perceptiva que se representa extensamente, con todas las propiedades que en ella se perciben; por el contrario, lo real es la cosa en sí y para sí, independiente de su forma de representación en el cerebro de otro o en el suyo propio. Sólo que es difícil determinar los límites entre ambos, y, con todo, esto es lo que importa precisamente. Locke ha probado que todo lo que en aquella forma es color, sonido, lisura, aspereza, dureza, blandura, frialdad, calor, etc (propiedades secundarias) es puramente ideal, es decir, que no corresponde a la cosa en sí (...) Locke dejó, en cambio, como lo real, que corresponde en sí, extensión, forma, impenetrabilidad, movimiento o reposo y número, que llamo, por consiguiente, propiedades primarias. Con reflexión infinitamente superior demostró después Kant que tampoco corresponden estas propiedades a la esencia puramente objetiva de las cosas o a la cosa en sí, y que por consiguiente no pueden ser simplemente reales porque están condicionadas por el espacio, el tiempo y la causalidad; pero que éstas, conforme a toda su regularidad y naturaleza, nos son dadas y conocidas antes de toda experiencia ; por lo cual deben estar preformadas en nosotros lo mismo que la manera específica de la sensibilidad y actividad de cada uno de nuestros sentidos. Ha querido, pues, significar que aquéllas son formas de la participación del cerebro en la percepción, como las sensaciones específicas de la de los respectivos órganos de los sentidos. Por consiguiente, según Kant, la esencia de las cosas puramente objetiva, independiente de nuestra representación y su aparato, que él llama cosa en sí, es decir, lo puramente real, en contraposición a lo ideal, es una cosa completamente distinta de la forma que se nos representa perceptivamente, a la que no hay que atribuirle ni siquiera extensión y duración, puesto que ha de ser independiente de espacio y tiempo.

Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena, § 13

domingo, 21 de marzo de 2010

Oda al dolor

Tengo pendiente una entrada en verso, pero tendrá que ser otro día.
El dolor es esa sensación conocida y repetida. Hoy he escuchado a alguien decir: el dolor es un castigo que nos envía Dios. Jehová tan amable como siempre, se agradece. ¡¡Gracias también por las mierdas de perro y por Ramoncín!! (valga la redundancia). Yo diría más bien que Dios es un castigo que nos envía el dolor.
Volviendo al tema, el dolor es un magnífico sistema de alerta del organismo, un sistema de defensa que nos empuja a reaccionar ante un peligro que nos amenaza. Desde un punto de vista médico, dolor es lo mismo que nocicepción; por todo nuestro cuerpo se distribuyen unas particulares terminaciones nerviosas, los nociceptores, que nos dan un aviso cuando se supera cierto límite de calor, presión, etc. En ese momento desearías que no existieran esas mierdas de terminaciones con su mierda de nombre, lo cual lleva a nuestra conciencia a odiar el dolor. El propio organismo sabe bien que ese estado no es bueno ni natural por lo que cuando se agudiza, física o psíquicamente, el cerebro pulsa el botón de standby y nos desmayamos para alcanzar un estado de insensibilidad.
Y, pidiendo disculpas a quienes tengan que escuchar muy a menudo expresiones como "dolor agudo" o "dolor crónico", hay que decir que es necesario y, en cierto modo, hasta bueno. Sin dolor no habría placer, ni sin sufrimiento alegría. ¿Habría noche sin día o frío sin calor? Si no lo hubiera no tendríamos criterio para distinguir y apreciar. Porque conocer y reconocer es distunguir, es apreciar la diferencia. Uno mismo se conoce como diferente de los demás y el frío es lo no-caliente y el calor lo no-frío, porque las cosas sin sus contrarios no pueden definirse, como la paz sin la guerra, lo grande y lo pequeño y lo par e impar.
Por eso, sin dolor no habría placer, que quizá sea simplemente la supresión del dolor, como goza el que come con hambre, el enfermo que sana. Y por esta experiencia máximamente desagradable conocemos su opuesta, por la presencia casi constante del dolor tomamos conciencia de nuestro connatural deseo de liberarnos de ella.
Dice Epicuro, cuando no es intenso, se soporta fácilmente y cuando lo es, dura poco. Y lo decía él, que toda su vida fue un enfermo, que encontraba el mayor placer en un ratito de simple reposo. Por eso no temía a la muerte, y al dolor se lo agradecía, porque suponía la mayor tranquilidad de la que, en cierto modo, disfrutaremos. Porque, en esta constante oscilación entre contrarios, todo pasa de un extremo a otro sin cesar, y el dolor es placer y el placer dolor, que a veces se mezclan cuando disfrutamos de la comida y aún no hemos saciado por completo el hambre. Y cuanto más intenso sea el dolor, ¿no lo será también su supresión?
El dolor es un aviso que nos pone en movimiento para eliminarlo, de un modo u otro; así que larga vida al dolor.

jueves, 18 de febrero de 2010

Exposición

A principios del siglo XXI parece que el ser humano se interroga sobre sus propios actos desde que existe como tal. Su poderosa y quizá exclusiva herramienta, la razón, es esencialmente una capacidad que le permite controlar, dominar, someter. Los conceptos, las palabras, los números, son símbolos para clasificar su realidad, y así todo se instrumentaliza, se mecaniza, se hace lógico y nos permite cierto sosiego por la sensación de que podemos controlar nuestro entorno y dirigirlo por el camino que queramos marcar, aunque ello implique la destrucción de todo objeto que no sea uno mismo.
Pero no es mi intención escribir sobre el cambio climático, el deterioro de la naturaleza y de los seres humanos que forman parte de ella. Lo que quiero es hacer una exposición de nuestra radical exposición. La historia del hombre y su razón presenta un relato que contrasta absolutamente con la experiencia individual, al menos la mía. Usar un ordenador y conducir un coche son actividades de muy poco significado, algo que carece de importancia real. El dominio que ejerzo (gracias a mi capacidad simbólica y racional, como descendiente de un mono que un día sufrió una penosa mutación y adquirió una enorme conciencia de sí y de su entorno, que accedió al mundo de lo abstracto, de lo pasado, lo futuro y hasta lo inmaterial) no resulta ser más que una ilusión, o como mucho una insignificancia.
¿Qué quiero decir con exposición? El diccionario, al margen de otras muchas acepciones imaginables, recoge en la novena lo siguiente: "Situación de estar expuesto o de exponer o colocar algo para que reciba la acción y a los efectos de otros agentes" y añade algo que incluso me resulta gracioso, "como el sol, los rayos X, etc.". Sí claro, nos exponemos al sol y nos ponemos morenos aun sin querer y nos hacemos radiografías. Agentes demasiado obvios, y casi hasta tangibles. Pero el individuo, que se cree, y con razón, el centro mismo del universo, extiende su miserable dominio en un entorno que escapa a cualquier control.
Y no escribo pensando en terremotos, tormentas, virus o cualquier fenómeno o accidente natural, que necesariamente nos muestra nuestra condición endeble y precaria. Pienso en los agentes de nuestra vida y nuestra sociedad, los otros, y nosotros y el azar. Los demás son impredecibles, incontrolables por mucho que sea nuestro poder y deseo; estamos a su merced, al cruzar la calle y al preguntar la hora, al ordenar y al pedir limosna. Pero más triste es darse cuenta de que uno ni siquiera tiene poder y dominio sobre uno mismo, cuando se descubre actuando de forma que nunca imaginó, que su reacción poco tiene que ver con su pensamiento, que la condición corporal determina casi todo cuanto hacemos, que nos creemos libres sin apenas vislumbrar qué es lo que determina nuestros propios actos. Y luego están las situaciones, los momentos, las oportunidades, lo espontáneo, lo aleatorio, lo irrepetible, lo que nuestra condición de mono erguido con pulgar retráctil y gigantesca cabeza no supo prever. Lo que quizá, incluso más allá de cualquier condición, no se pudo anticipar. y que generalmente contribuye de manera decisiva en nuestros vínculos afectivos, el trabajo, la salud, e incluso la vida y la muerte.
¿Existe realmente el azar si todo efecto tienen una causa y todo consecuente su antecendete, si lo futuro no se predice sino por el desconocimiento de los miles de variables y concausas que confluyen para dar lugar al acontecimiento? A nadie le importa; porque está fuera de todo control. Porque nosotros mismos somos como una enorme casa, pero con un sótano al que no podemos acceder: a veces suben olores, a veces podemos entrever algo por una rendija; aunque quién sabe si allí hay un hombre que intenta escapar por un agujero hasta el jardín, una maquinaria que remueve los cimientos de la casa, un mago que nos dirige como a una marioneta o una bomba de diez megatones programada para destruirlo todo. Probablemente todo eso y alguna cosa más. Y el dominio que tenemos del mundo es, más o menos, como el de nuestro rumbo subidos en esas barquitas de pedales en alta mar. Por más que uno se esfuerce, el viento, la lluvia o incluso los aleteos de las ballenas serán los agentes en nuestra natural exposición, quienes determinen sin saberlo si acabamos ahogados, regresamos a casa o terminamos en una isla paradisíaca o esclavizados en un barco pirata. Así que yo voy a dejar de pedalear y a difrutar de la vista. O, si acaso, a refugiarme como pueda de la tormenta.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Cien

Esta es la entrada número 100 del blog. No son muchas para el tiempo de su absurda existencia, pero es que soy bastante plasta y no se puede escribir muy a menudo.
El 100 no es un número de la serie de Fibonacci, una pena. Yo, de momento, sigo en mis trece (que sí lo es) porque creo que la matemática, como otro lenguaje más, es creación de la mente humana, nuestra manera de comprender el mundo en que vivimos. Y la física que no se adpata a los patrones matemáticos nos resulta extraña y oscura, pero es sólo porque no se adecúa a nuestros modos de conocimiento. Las cosas no tienen una lógica ni un orden interno y real, sino sólo el que podemos aplicarles, haciéndolas así cognoscibles y domesticables. La razón no es algo que pertenezca a la realidad sino sólo al entendimiento. Es, por así decir, el molde de nuestro conocimiento. Es como el cubo de playa de un niño que, después de llenarlo y dejarlo cuidadosamente en el suelo, se asombra de que esa masa de arena tenga la misma forma que su cubo.
Un tal Aristóteles dijo aquello tan famoso de que "el arte imita a la naturaleza". Pero no se refería, como se suele pensar, a que Antonio López pinte un membrillo que está delante de sus narices, sin oa que los procesos del arte son semejantes a los procesos de la naturaleza. Quizá porque éstos son los únicos que nosotros podemos descubrir, quizá porque con el cubo de plastico apresamos la realidad y con él creamos después un objeto artístico, un afbuloso castillo de arena. Quizá son semejantes porque es una y la misma razón la que cree descubrir aquí y crear allá, porque sólo tenemos un molde que utilizar. Pero no me voy a poner yo a dar lecciones a Aristóteles, ¡hasta ahí podíamos llegar! Porque además él quería decir que arte y naturaleza se oponen al azar, ya que todos sus actos están encaminados a un fin. Aunque quizá el fin sea parte fundamental del molde...
A lo que iba es a lo siguiente. Como dije, los artistas se han servido de estos descubrimientos, matemáticos, naturales o como se quiera. Aquí tenéis dos ejemplos de mi enfermo mental favorito. El primero es la "Leda atómica", de 1949. En él podemos ver a Leda siendo seducida por Zeus, en uno de sus discretas transformaciones, esta vez un cisne. ¿Cómo un cisne puede seducir a una mujer? Pues entiendo que por algún tipo de embrujo y porque no le apetecería transformarse en George Clooney. De esta sencilla unión nacieron Cástor y Polux gracias al huevo que Leda puso, y también Helena y Clitemnsetra, tan jugosas para la épica y la tragedia.
La obra fue diseñada en colaboración el matemático rumano Matila Ghyka, que había estudiado en profunidad la razón aúrea.
La imagen se puede ver más grande si se hace clic sobre ella. Leda, que una vez más es Gala, parece estar sentada sobre un pedestal. Pero no. Es atómica porque Dalí quería representar las modernas teorías físicas que mostraban la discontinuidad de la materia y la ausencia de contacto entre las partículas subatómicas. Así, se puede observar que ella no toca el pedestal, ni éste su base; que todo flota armónicamente y que incluso el agua flota sobre la arena sin tocarla.
Pero es en un boceto donde se aprecia el método de composición, ya que la proporción dorada aparece también entre la diagonal y el lado de un pentágono regular, en el cual se inserta la escena principal del lienzo. Más en concreto, Dalí traza un pentagrama o pentalfa, una estrella trazada dentro de los tres triángulos isósceles del pentágono, que los pitagóricos usaban como símbolo secreto para reconocerse como miembros de la secta.

Pero me gusta aún más la que viene a continuación. Dalí quedó fascinado (no creo que le sorprenda a nadie) por la lectura de "la interpretación de los sueños", de ese obseso sexual llamado Freud. En parte, se insipiró en él para la elaboración de lo que llamaba método paranoico-crítico, mediante el cual buscaba materializar lo irracional, transformar el mundo onírico en imágenes, plasmar lo que subyace a la conciencia, lo desagradable, estacológico, incomprensible, junto con imágenes de la percepción ordinaria. La paranoia, si traducimos del griego, es lo que se encuentra junto a, o en frente del pensamiento o la mente. Hoy es una perturbación, una ilusión y, por lo tanto, falsa o irreal, pero coherente.
Y todo esto lo combiaba con los métodos más racionales y las rutinas más severamente establecidas. El sencillo título de la obra que veis es "Semitaza gigante con anexo inexplicable de cinco metros de longitud", pintada entre 1944 y 1945, donde se combinan magistralmente lo onírico y lo matemático. Podemos ver la granada que aparece en tantas obras, los objetos flotantes y el paisaje de Cadaqués (en conreto, un islote del cap de Creus llamado "sa rata", que además parece un rostro emergiendo del agua, para rizar el rizo).

Desde luego, el cuadro delirante sí que es, para variar. Pero esta vez el anexo inexplicable que sale de la taza es enteramente explicable porque obliga a prolongar el lienzo hasta construir un rectángulo áureo. Y a éste se llega después de la construcción de otros cuatro rectángulos áureos, construidos a partir del cuadrado en que se inserta la taza.
La luz y la sombra del horizonte marcan el paso de la espiral que atraviesa los rectángulos y que termina exactamente en la base de la taza flotante.



"El hecho de que yo, en el momento de pintarlas, no entienda el significado de mis cuadros no quiere decir que no lo tengan; al contrario, su significado es tan profundo, complejo, coherente e involuntario que escapa al simple análisis de la intuición lógica"
(Salvador Dalí)
Porque las cosas, las obras de arte, el universo en su conjunto no tiene más significado que el que uno sea capaz de extraer con las herramientas de las que dispone y, creo yo, tendrá siempre la misma forma que el molde con el que lo extraemos, matemática u onírica.

Alcmeón de Crotona: Acerca de las cosas invisibles y de las cosas mortales, los dioses tienen conocimiento evidente; pero los hombres sólo poseen conocimiento a través de signos (DK 24 B 1).
Filolao de Crotona: Todas las cosas tienen, en verdad, número; pues sin él nada se puede pensar o conocer (DK 44 B 4).

domingo, 31 de enero de 2010

Fibonacci

Tengo un amigo, y en ocasiones lector, al que dedico esta compleja entrada, que tiene la extraña costumbre de leer el diccionario, sobre todo ahora que tiene uno de calidad. Recomiendo el diccionario soez y el del diablo porque son más ingeniosos, pero el original da mucho que pensar.
El otro día encontré la palabra "ocho" y se definía como siete más uno. Curioso: los números se definen relacionando unos con otros y todos con la unidad. No hay otra manera de definir el diez que diciendo nueve más uno. Entonces buscamos número y nos dice que es la "expresión de una cantidad con relación a su unidad". Y la unidad es la "cantidad que se toma por medida o término de comparación de las demás de su especie". Así que nos quedamos como estábamos. Porque aunque la uunidad sea también la "propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere", me da la sensación de que los números son una construcción mental, una red que proyectamos al mundo para apresarlo y comprenderlo. Las palabras y los números, que son abstracciones, entes de pensamiento y no objetos físicos o sensibles, conforman nuestra manera de comprender el mundo.
Un par de días después he sabido de la exitencia de un tal Leonardo de Pisa, alias Fibonacci. Este señor, que introdujo los números arábigos en Europa, es más conocido por describir una sucesión que, al parecer, ya se conocía en oriente, y que suponía la solución a un problema de cría de conejos, calculando cuántas parejas habría al cabo de un año a partir de una sola, sabiendo que necesitan un mes para poder reproducirse.
La serie resultante es 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144, 233........
Cada número es la suma de los dos anteriores. Y además posee cientos de características curiosas. Cada tres números aparece uno par;cada cuatro uno divisible entre 3; cada cinco entre 5; cada seis entre 8....
Pero lo más sorprendente es que el cociente entre dos términos sucesivos de la serie tiende cada vez más al número áureo. ¿Y eso qué es lo que es? Pues un número irracional (uno más raíz cuadrada de cinco, dividido entre dos; más o menos 1,618) que se representa con la letra griega "phi" en honor a Fidias, porque se trata de la proporción entre la altura y la anchura del Partenón. Antiguamente, la belleza se entendía como cierta proporción y armonía, en la que se basa también la música. Y Platón, que era un pitagórico a su modo, entendía que el mundo había sido formado de acuerdo con figuras geométricas, cuatro de los poliedros regulares y que por eso el universo está escrito en caracteres matemáticos, de tal manera que podemos, por decirlo de alguna manera, decodificarlo.
Volviendo al número áureo, podría expresarse diciendo que dos segmentos x e y guardan esa proporción cuando x+y es a x como x es a y. Es más fácil de lo que parece. Porque el número, más que una cifra, es una relación. Gráficamente, es la relación de los lados entre sí y con el conjunto que ambos forman.
Y lo que ocurre es que si unimos cuadrados cuyo lado sea un número de la sucesión de Fibonacci, obtenemos rectángulo que se aproximan cada vez más a ese número o proporción áurea o dorada.
La adición de esos cuadrados va formando rectángulos cuya relación entre lados es cada vez más próxima a "phi". Según dicen, tiene cierta utilidad.

Resulta comprensible que muchos artistas se hayan servido de esta proporción para componer sus obras, desde Vitrubio a Dalí, pasando por Durero y Leonardo Da Vinci. Si tomamos un rectángulo áureo y trazamos un cuarto de círculo desde uno de los vértices, obtenemos una figura como la siguiente
Una espiral áurea que, en princpio, no es más que otra figura creada por matemáticos y cuya utilidad sólo ellos conocen. Pero parece que las ramas de los árboles crecen siguiendo la secuencia de Fibonacci; y también las hojas que crecen en cada rama. Las semillas de las margaritas forman 21 espirales en un sentido y 34 en el otro. Y los girasoles 55 en uno y 89 en otro, y a veces 89 y 144. Y las piñas 8 y 13 o 5 y 8.
En fin, ya seguiré con el tema. Será que aplicamos los números o será que los descubrimos. Yo ya no sabría decir.

martes, 29 de diciembre de 2009

Insignificancia

Que el hombre contemple, por lo tanto, la naturaleza entera de su alta y plena majestad; que aleje su vista de los bajos objetos que le rodean. Que mire esa brillante luz puesta como una lámpara eterna para iluminar el universo; que la tierra le parezca un punto comparada con la extensa órbita que describe, y que se asombre al ver que esta vasta órbita ella misma no es más que un punto muy fino al lado del que los astros que ruedan por el firmamento abarcan. Pero si nuestra vista se detiene allí, que la imaginación pase más adelante, más pronto se cansará de concebir que la naturaleza de suministrar. Todo este mundo visible no es más que un trazo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza. No hay idea que nos acerque a ello. Por más que inflemos nuestros conceptos más allá de los espacios imaginables, no engendramos más que átomos en comparación a la realidad de las cosas. Es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.
(Blaise Pascal, Pensamientos, 84)



martes, 22 de diciembre de 2009

Lotería

¿Escribiría todo esto si me hubiese tocado hoy la lotería? En realidad, si me toca semejante pastizal es probable que no volviese a escribir en mi vida, que es cosa de pobres usar esta anticuada tecnología. Era complicado porque no jugué, sólo tenía una participación de participación, pero para lo que me iba a tocar estoy mejor así.
Y por ir como siempre como los salmones, tengo que decir que no me gusta la lotería. Y no es por los castrati de San Ildefonso ni por la brasa de hoy en los telediarios (que parece que no hay más noticias que ver a mamaos restregándonos su millonada por las narices). Lo digo porque no me parece bien el concepto de "lotería del Estado". Ya he comentado alguna vez que lo opuesto al comunismo no es el capitalismo, es la lotería: en lugar de repartir el dinero entre todos, vamos a poner todos un poquito para que se lo lleve uno solo. Ya sé que la mayoría no juega por el dinero, que es por la ilusión de pensar que algún día no pasaría nada si nos limpiásemos el hojaldre con un billete de 50. Quién no ha tenido esa conversación en la que se imagina su coche pagado, la hipoteca resuelta... y ya puestos, los viajes, el yate y el centenar de esclavos haciendo todo aquello que nunca quisimos hacer. El dinero no da la felicidad, dicen; y para qué quiero felicidad si tengo dinero!!
Pues bien, lo que digo es que me parece triste que una sociedad, un Estado que (se supone) pretende, con su sistema educativo y sus mútiples instituciones, convertirnos en gentes de bien, que seamos capaces de conseguir y realizar adecuadamente un trabajo y que respetemos al resto de seres humanos y las leyes que pretenden precisamente esto, sea el que al mismo tiempo nos llena la cabeza con la aspiración de poder jubilar a nuestros nietos y construir una familia o simplemente una vida sin dar un palo al agua o si acaso hacerlo por pura diversión, por no seguir aburriéndonos contando billetes, sin otro mérito ni esfuerzo que el de la coincidencia de los números de una bolita y de un papel que por un misterioso azar tenemos en la mano. Mi pregunta es por qué un Estado premia de semejante forma algo que carece de cualquier tipo de mérito, esfuerzo o cualquier otro de esos valores con los que habitualmente se le llena la boca a nuestra amada clase política. Dios me libre de empalagar a nadie afirmando que lo importante son los sentimientos y las personas y no el dinero. No. Para eso os ponéis una peli de esa estalactita llamada Walt Disney y os enseñará que la belleza está en el interior y que Simba tiene que gobernar sobre toda la naturaleza porque es el puto rey león, y los demás a callar y punto.
Pero mis aspiraciones no son tan elevadas; sólo quiero llamar la atención sobre el hecho de que los propios Estados nos hagan soñar con una vida que no merecemos y lo asqueroso que es tener que ir a trabajar el lunes por la mañana para vivir como un miserable, que ni juntando lo que habría ganado en doce vidas tendría la cuarta parte de aquél que contaba con el inigualable e indiscutible mérito de tener el 42 de complementario o haberle puesto una x al Córdoba-Las Palmas.
Y ya que estamos, quiero acabar con un hermoso juego de palabras.
¿Qué es Pluto? Pues, primero, el nombre latino del dios (y planeta enano) al que llamamos Plutón, divinidad del inframundo que se corresponde con el griego Hades. Es también el infrachucho creado por la citada estalactita, que parece empeñado en hacer méritos para ser sacrificado. En tercer lugar, es el dios griego de la riqueza, personificación de la abundancia (del vocablo "ploutos") y que da nombre, por último, a una obra de Aristófanes que os recomiendo, quien sabía criticar y oferecer moralejas más inteligentes y menos ñoñas que cualquier productor de Holywood, y cuyo contenido me quedo con ganas de resumir. Al menos contaré que Pluto fue cegado por Zeus para que repartiera la riqueza sin miramientos y al final resultó que el dinero se distribuyó de manera aleatoria, sin relación alguna con el mérito o la virtud.

viernes, 11 de diciembre de 2009

No encuentro palabras para decirlo....

... y a veces siento que el pensamiento es un idioma de signos sin sentido.
Frase que siempre me ha parecido magnífica. Especialmente apropiada, además, para los Héroes del Silencio, que parecen empeñarse en hacer del lenguaje poco más que un conjunto de sonidos o hasta ruidos (con joyas como "¿querrías tú pintar una casa con alas?" o aquélla de "donde el hombre se asfixia escribe un testamento en Chile negro"). Es verdad que las palabras extrañas y las combinaciones de las mismas ofrecen resultados muy poéticos, pero a mí me resultan bastante irritantes.
En fin, siento que el pensamiento. ¿Es que se siente el pensamiento o sólo se quería evitar la repetición de "pienso que el pensamiento"? Da igual. La cuestión es que el pensamiento, o el lenguaje, que es lo mismo, pero pronunciado o escrito (porque se piensan palabras y frases y no situaciones o acontecimientos, que eso ya es imaginación), parece verdaderamente un idioma de signos sin sentido. A mí por lo menos sí. No sé si es habitual experimentar algo que para mí es cotidiano, como leer o escuchar a alguien y tener la duda de saber si esas palabras pertenecen a tu propio idioma. Y supongo que generaré la misma impresión en los demás, pues a veces yo mismo no tengo claro lo que digo ni lo que hago.
¿Y qué es el sentido? Pues quizá una pregunta sin sentido. Porque no todos entendemos lo mismo al oír las mismas palabras, porque comprender es fusionar ese sonido con lo que uno sabe, piensa y cree, porque nadie puede salir de sí mismo y pensar lo que otro piensa y sentir lo que otro siente, y lo que para ti tiene pleno sentido para mí es completamente absurdo. Porque la vida misma no tiene sentido, más que el que uno mismo sea capaz de inventarse. Porque hay palabras como mesa y casa que tienen referencia, el objeto tangible al que se refieren. Pero hay otras que sólo tienen sentido, la mayoría. Y no digo ya justicia o esperanza, sino casi todas las que utilizamos habitualmente. (Y no quiero entrar en terminología política del tipo "desde el talante" o "haremos todo lo posible" que intencionadamente no tienen ningún sentido, aunque hay que reconocerles la capacidad de hablar sin decir nada, que no es fácil).
Dicen que si pusiéramos a mil monos a aporrear un teclado durante mil años, acabarían escribiendo Hamlet. Dudo que un matemático aprobase estos cálculos. Las comibaciones de veintisiete letras son virtualmente infinitas y creo que ninguna de ellas es capaz de hacer pensar lo mismo a dos personas.
Dicen también que los niños aprenden a hablar imitando. Oyen papá y mamá y lo dicen. Y oyen perro y gato y lo dicen también. Pero al poco son capaces ya de inventar millones de frases que nunca antes habían oído, de crear pensamientos nunca pensados. Palabras con sentido para el que las dice, pero qué difícil es hacerse entender. Que me lo digan a mí, que ni entiendo ni me hago entender.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Naturaleza

Busco la palabra en el diccionario: tiene 18 acepciones y ninguna me gusta. La primera dice que es la esencia y propiedad característica de cada ser, lo cual, en cierto modo, dista mucho de los que los primitivos griego, que eran físicos, entendían por naturaleza. Me sorprende aún más que la segunda tenga un sentido religioso, en cuanto opuesto a la Gracia. La tercera, más habitual, afirma que es el conjunto, orden y disposición de todo lo que compone el universo. La naturaleza es el todo. Y la cuarta dice que, en sentido filosófico, es lo que se opone al artificio.
Hay una expresión muy típica y algo cursi: amante de la naturaleza. En cierto modo, casi todos creemos serlo. ¿Por qué? Porque me gustan los pajarillos, las montañas, los árboles y el mar. Muy bonito. Y es que la naturaleza es muy sabia, decimos. Es el hombre su cáncer, el que la está destruyendo. Sólo el hombre, segñun una expresión que habría de desterrarse para siempre, puede obrar contra natura, invirtiendo el orden lógico y normal del universo todo. Hay una tradición que nos aconseja vivir según la naturaleza, y yo mismo tengo dudas acerca de si no seríamos más felices comiendo las cosas del suelo y copulando unos con otros indiscriminadamente y en público (en cualquier caso, ya estamos tarde).
Pero me pregunto: ¿por qué es lo natural que el hombre se comporte como un perro? ¿no es más natural que sigamos las directrices que nos marca nuestra propia naturaleza? Bien pensado, lo natural es que creemos ricas y variadas formas de cultura, que hagamos plásticos con petróleo y que nos demos cientos de normas (con diversos grados de estupidez) a cada momento. ¿Por qué es más natural intentar conservar especies que extinguirlas si somos el más violento de los animales? Quizá porque sabemos que está en juego la propia supervivencia, que parece ser el principio más evidente de lo natural. Y, sin embargo, hay gente que se suicida y desea morir, y eso no parece natural. ¿no es también una posibilidad natural de los seres humanos? No entiendo que lo artificial no sea natural, que mi ropa y mi ordenador no sean tan naturales como una tela de araña, pues todas son complejas elaboraciones de distintas materias primas. Porque en el hombre lo natural es la cultura. Y me parece hasta natural que destruya la propia naturaleza (esto es sólo una reflexión, no una propuesta).
¿dónde quiero llegar con todo esto? Pues a algo bastante sencillo y obvio: que la naturaleza es tan hermosa como cruel y repugnante.
El otro día, en contra de mi voluntad, contemplé un espectáculo en el que una rana se comía un ratón. Repugnante, como digo. Yo veía un asesinato donde otros veían simplemente algo tan natural como el alimentarse de un gigantesco batracio. Y con razón, supongo. Cuando vemos la espectacular y plástica carrera del guepardo detrás de la gacela asistimos a algo que todos llamaríamos natural. Porque naturaleza no es sólo la organización de las abejas o las hormigas, ni la perfecta disposición de los órganos y funciones de nuestro cuerpo, es también lucha, violencia y destrucción, que aperece extraña en contraposición con conceptos creados como el deber, la justicia, la compasión. Que, siendo artificales, son naturales, porque la naturaleza es contradicción y guerra, y paz y armonía, y conservación y destrucción, y amor y odio.
¿Y qué es la ecología? Pues el logos del oikos, o sea, el pensamiento y conocimiento de la casa, que en este caso es un planeta entero, que nos regala paisajes y amaneceres y perritos y gatitos, y también catástrofes descomunales, virus, enfermedades y cientos de millones de muertes diarias y que además incluye un viaje gratuito cada año alrededor del sol.
La séptima acepción dice así: instinto, propensión o inclinación de las cosas, con que pretenden su conservación y aumento. ¡Ay, ingenuos y bienintencionados señores de la Rae con sus letreados sillones! y también la destrucción y disminución de los demás, y hasta de uno mismo si hace falta.
Todo es natural. Por eso la naturaleza da tanto asco, porque también es natural que, a través de mi propio cuerpo, se dé asco a sí misma.

sábado, 31 de octubre de 2009

Halloween

Es curioso. Uno va por la calle o pone el telediario (actividades poco recomendables para un ser humano que pretenda mantener la cordura) y se sorprende de la nueva festividad que nos invade. La noche de brujas, por españolizar el asunto. Pero, sorprendentemente, no se refiere a la Patiño, la Esteban y las cotillonas de Antena 3 (les pongo el artículo porque los nombres propios son para personas), sino a esa bonita tradición del truco o trato. En muchos sitios, se venden más disfraces ahora que en Carnavales. Y esto me hace pensar en este hermoso país pleno de cultura, llamado España, y sus habitantes.
Si os fijáis, salvo contadísimas excepciones, todos nos declaramos sin tapujos enemigos de la "cultura" americana, yanki. Y lo pongo entre comillas porque a duras penas se puede hablar de cultura. Los americanos dan pena. Han tenido un presidente guerrillero e ignorante hasta hace poco. Contaminan ellos solitos lo mismo que el resto del planeta. Su capitalismo salvaje atenta contra la solidaridad y las necesidades humanas más básicas (cosa que no ocurre con los valores y normas de nuestra España). Y, sobre todo y ante todo, son unos incultos, porque no saben señalar dónde está Francia en un mapa.
Nosotros, los españoles en particular y los europeos en general tenemos el apoyo de miles de años de historia y cultura: Homero, Julio César, Carlomagno, Cervantes, Shakespeare, Newton, Darwin... Y, sin embargo, nuestra grandiosa tradición no nos empuja a preguntarnos de dónde viene y qué significa Halloween. Algo extraño, porque en Navidad todo el mundo celebra el nacimiento de Jesucristo en su centro comercial más próximo. Además, nosotros no bebemos su estúpida Coca-cola. Ni nos gusta el glamour de la patética ceremonia de los Oscar. Ni las hamburguesas o los centros comerciales. Ni las series y películas americanas, porque las hacen incultos que sólo se basan en multimillonarios presupuestos. Y, sobre todo y ante todo, cualquiera de nosotros sería capaz de señalar en un mapa Dakota del Norte y afirmar, como una obviedad que es, que su capital es Bismarck.
Yo no me sitúo en ningún bando en particular, consagrado como estoy al noble arte de llevar siempre la contraria. Y todas estas cuestiones son mucho más difíciles de resolver de lo que quiere aparentar un titular de un periódico. El índice de memos por metro cuadrado en Europa será bastante parecido al de Estados Unidos. Como nosotros ya teníamos el Quijote y La vida es sueño cuando ellos todavía lanzaban flechas montados a caballo, y encima ahora son la primera potencia económica (y en cualquier otro aspecto importante) del mundo, nos atrevemos a mirarlos por encima del hombro, con la distancia que nos da el charco que tenemos de por medio. Pero como se sabe, el que imita al tonto es tonto al cuadrado. La estupidez y la incoherencia llega a tal extremo, que en lugar de preguntarnos cómo gestionan el ámbito universitario o la creación de empleo, dentro de poco empezaremos a repartir armas para defender a nuestras familias. Es curioso que los buenos médicos e ingenieros, entre otras profesiones decisivas para el desarrollo de un país, aunque sean españoles, se van a norteamérica a trabajar. ¿Mercenarios como futbolistas? No lo creo. Quizá allí tienen mejores medios que en ningún otro lugar. Quizá allí tienen un sueldo y una estima que se corresponde con la importancia de la labor que desempeñan. Quizá están buscando salida lejos de un país, y una cultura, que les ningunea. Ellos se lo pierden, porque en nuestro país, de rica tradición, sabemos bien lo que hace gente como María Blasco y sus experimentos que consiguieron que un ratón resistiera el cáncer; y estamos muy al día sobre los recortes de presupuesto en ciencia y tecnología; y conocemos las consecuencias de que el dinero en la educación se gaste en ordenadores y punteros láser a costa de la incoporación y formación de profesores. Supongo que estaréis bien informados de ello gracias a los reportajes de Telecinco y al programa de Iker Jiménez.
¡Malditos yankis incultos! Los cultivados europeos no podemos perder el tiempo con las ridiculeces del país del despilfarro y la contaminación. Mejor vamos adelantando las compras de Navidad, que ya pronto los ayuntamientos podrán las luces (algo, como tantas otras cosas, tan original y típico nuestro) que por tan pocos millones de euros nos alegran a todos el corazón. Viva la cultura

domingo, 4 de octubre de 2009

Amor/Odio

Dicen que del amor al odio sólo hay un paso. Y al revés supongo que también. En realidad, no hay mucha distancia de ningún sentimiento humano a cualquier otro, porque lo verdaderamente especial de nuestra condición es la inestabilidad.
De acuerdo con Parménides, si el ser es y el no-ser no es, nacimiento y muerte son sólo una ilusión. Las cuatro raíces (agua, aire, tierra y fuego) se mezclan y disuelven sin cesar y permanecen eternamente iguales e indestructibles. El universo ya no es una sustancia que se transforma, pues las cualidades son ya inmutables, son los elementos últimos de la realidad. Pero existen también dos fuerzas, la amistad y la discordia, que más líricamente llamamos amor y odio, cuyos nombres no importan, pues no son otra cosa que aquello que une y que separa todas las cosas.
Sin embargo, en contra de lo que nos enseña esa estalactita humana llamada Walt Disney, el mundo no es maravilloso cuando gobierna el amor y horrible cuando lo hace el odio. Si sólo hubiera amor todo estaría indisociablemente unido, como una esfera compacta. Si predominase completamente el odio, todo estaría disperso y nada se comunicaría con nada. Ambos tienen que coexistir en lucha, en tensión y alternarse según ciclos.
Aunque en mi ser hay un claro predominio de fuego y de la fuerza del odio, el cambio es inevitable. Estaba leyendo a Epicuro, alguien por quien siempre había sentido un cierto desdén: me parece que el término hedonismo nunca se ha empleado de manera tan absurda; que su atomismo mutila lo más valioso de aquél que, precisamente, plagió sin escrúpulos; que su teoría del conocimiento es la cosa más pobre que he estudiado en mi vida, haciendo de la sensación el criterio último y único de validez y postulando los átomos, invisibles, inaudibles, etc., como la única realidad. En fin, un cúmulo de despropósitos a la vista de todo el mundo; una capacidad especulativa a años luz de cualquier filósofo anterior a él.
Y todo esto, de un plumazo, lo dignifica con la extremada sencillez de su pensamiento y sus máximas. Todo lo anterior de nada sirve si no contribuye a liberarnos de nuestros temores, de nuestros deseos creados y superfluos. La naturaleza establece unos límites adecuados y fáciles de conocer; el dolor es fácil de suprimir y el placer de alcanzar si eliminamos las opiniones que nos alejan de la suprema felicidad, que es la tranquilidad del espíritu, tarea estrictamente individual que puede realizarse al margen de cualquier adversidad externa. La amistad, aquello que dijimos que unía lo disperso, es beneficiosa por la cantidad de bienes que reporta. Tantos, que terminamos por olvidar el utilitarismo, la búsqueda individual del placer, que terminamos gozando con la representación del placer ajeno, con la alegría del amigo y amado. Una felicidad privada, pero compartida. Magnífico

viernes, 18 de septiembre de 2009

Contra lo útil

"Pretender que de toda ciencia resulte algo distinto de ella misma y que ésta deba ser útil es propio del que ignora por completo cuánto separa en origen a las cosas buenas de las necesarias, pues se diferencian en grado sumo. En efecto, a las cosas que queremos en virtud de otras, y sin las cuales es imposible vivir, se les debe llamar «necesarias» y «concausas», mientras que las queremos por ellas mismas sin que de ellas se siga ninguna otra cosa, las llamamos con propiedad «buenas». Y es que esto no es deseable por aquello, y aquello en virtud de otra cosa, y prosiguiendo así hasta llegar al infinito, sino que la serie se detiene en algún punto. Es ya, por tanto, del todo ridículo demandar de cada cosa otro provecho más allá de la cosa misma, y preguntar: «¿qué provecho tiene, entonces, para nosotros?» y «¿qué utilidad tiene?» Pues en verdad, como decimos, quien habla así no parece ser el que conoce lo bello y lo bueno ni el que distingue la causa de la concausa" (Aristóteles, Protréptico, 42).
Lo necesario y lo útil nunca son fines en sí mismos, sino que se buscan por alguna otra cosa, por lo que se convierten en esclavos, en actividades serviles. Lo inútil, sin embargo, es lo más excelente de todo, lo que se desea por sí, sin que de ello se derive ninguna otra cosa. Esos son los placeres de la contemplación, los que se buscan por sí mismos, por el mero hecho de conocer, por el simple placer que reporta, algo para lo cual la naturaleza nos ha otorgado una facilidad inimaginable; algo que ya demuestran los niños, con su asombro y curiosidad, y sobre todo con su inocencia aún no pervertida por las costumbres de una sociedad esclava y servil obsesionada con lo útil, con lo que no vale por sí mismo sino que depende de aquello que produce.
Escuché una vez a José Hierro, premio Cervantes si no recuerdo mal, comparar la vida con una pista de patinaje. Allí estamos moviéndonos, patinando, viajando de un lado a otro y, sin embargo, no preguntamos «¿dónde vamos?» Porque la respuesta es a ninguna parte, porque no queremos ninguna otra cosa que no sea el patinar mismo, sin destino, sin objetivo. Es como la vida, que tiene que cubrir ciertas necesidades para sostenerse, la servidumbre de lo útil. También hay que calzarse unos patines para patinar. Pero lo inútil, lo más excelente, es disfrutar del propio viaje, de ese no necesitar ninguna otra cosa que es la libertad suprema.