domingo, 21 de marzo de 2010

Oda al dolor

Tengo pendiente una entrada en verso, pero tendrá que ser otro día.
El dolor es esa sensación conocida y repetida. Hoy he escuchado a alguien decir: el dolor es un castigo que nos envía Dios. Jehová tan amable como siempre, se agradece. ¡¡Gracias también por las mierdas de perro y por Ramoncín!! (valga la redundancia). Yo diría más bien que Dios es un castigo que nos envía el dolor.
Volviendo al tema, el dolor es un magnífico sistema de alerta del organismo, un sistema de defensa que nos empuja a reaccionar ante un peligro que nos amenaza. Desde un punto de vista médico, dolor es lo mismo que nocicepción; por todo nuestro cuerpo se distribuyen unas particulares terminaciones nerviosas, los nociceptores, que nos dan un aviso cuando se supera cierto límite de calor, presión, etc. En ese momento desearías que no existieran esas mierdas de terminaciones con su mierda de nombre, lo cual lleva a nuestra conciencia a odiar el dolor. El propio organismo sabe bien que ese estado no es bueno ni natural por lo que cuando se agudiza, física o psíquicamente, el cerebro pulsa el botón de standby y nos desmayamos para alcanzar un estado de insensibilidad.
Y, pidiendo disculpas a quienes tengan que escuchar muy a menudo expresiones como "dolor agudo" o "dolor crónico", hay que decir que es necesario y, en cierto modo, hasta bueno. Sin dolor no habría placer, ni sin sufrimiento alegría. ¿Habría noche sin día o frío sin calor? Si no lo hubiera no tendríamos criterio para distinguir y apreciar. Porque conocer y reconocer es distunguir, es apreciar la diferencia. Uno mismo se conoce como diferente de los demás y el frío es lo no-caliente y el calor lo no-frío, porque las cosas sin sus contrarios no pueden definirse, como la paz sin la guerra, lo grande y lo pequeño y lo par e impar.
Por eso, sin dolor no habría placer, que quizá sea simplemente la supresión del dolor, como goza el que come con hambre, el enfermo que sana. Y por esta experiencia máximamente desagradable conocemos su opuesta, por la presencia casi constante del dolor tomamos conciencia de nuestro connatural deseo de liberarnos de ella.
Dice Epicuro, cuando no es intenso, se soporta fácilmente y cuando lo es, dura poco. Y lo decía él, que toda su vida fue un enfermo, que encontraba el mayor placer en un ratito de simple reposo. Por eso no temía a la muerte, y al dolor se lo agradecía, porque suponía la mayor tranquilidad de la que, en cierto modo, disfrutaremos. Porque, en esta constante oscilación entre contrarios, todo pasa de un extremo a otro sin cesar, y el dolor es placer y el placer dolor, que a veces se mezclan cuando disfrutamos de la comida y aún no hemos saciado por completo el hambre. Y cuanto más intenso sea el dolor, ¿no lo será también su supresión?
El dolor es un aviso que nos pone en movimiento para eliminarlo, de un modo u otro; así que larga vida al dolor.