jueves, 18 de febrero de 2010

Exposición

A principios del siglo XXI parece que el ser humano se interroga sobre sus propios actos desde que existe como tal. Su poderosa y quizá exclusiva herramienta, la razón, es esencialmente una capacidad que le permite controlar, dominar, someter. Los conceptos, las palabras, los números, son símbolos para clasificar su realidad, y así todo se instrumentaliza, se mecaniza, se hace lógico y nos permite cierto sosiego por la sensación de que podemos controlar nuestro entorno y dirigirlo por el camino que queramos marcar, aunque ello implique la destrucción de todo objeto que no sea uno mismo.
Pero no es mi intención escribir sobre el cambio climático, el deterioro de la naturaleza y de los seres humanos que forman parte de ella. Lo que quiero es hacer una exposición de nuestra radical exposición. La historia del hombre y su razón presenta un relato que contrasta absolutamente con la experiencia individual, al menos la mía. Usar un ordenador y conducir un coche son actividades de muy poco significado, algo que carece de importancia real. El dominio que ejerzo (gracias a mi capacidad simbólica y racional, como descendiente de un mono que un día sufrió una penosa mutación y adquirió una enorme conciencia de sí y de su entorno, que accedió al mundo de lo abstracto, de lo pasado, lo futuro y hasta lo inmaterial) no resulta ser más que una ilusión, o como mucho una insignificancia.
¿Qué quiero decir con exposición? El diccionario, al margen de otras muchas acepciones imaginables, recoge en la novena lo siguiente: "Situación de estar expuesto o de exponer o colocar algo para que reciba la acción y a los efectos de otros agentes" y añade algo que incluso me resulta gracioso, "como el sol, los rayos X, etc.". Sí claro, nos exponemos al sol y nos ponemos morenos aun sin querer y nos hacemos radiografías. Agentes demasiado obvios, y casi hasta tangibles. Pero el individuo, que se cree, y con razón, el centro mismo del universo, extiende su miserable dominio en un entorno que escapa a cualquier control.
Y no escribo pensando en terremotos, tormentas, virus o cualquier fenómeno o accidente natural, que necesariamente nos muestra nuestra condición endeble y precaria. Pienso en los agentes de nuestra vida y nuestra sociedad, los otros, y nosotros y el azar. Los demás son impredecibles, incontrolables por mucho que sea nuestro poder y deseo; estamos a su merced, al cruzar la calle y al preguntar la hora, al ordenar y al pedir limosna. Pero más triste es darse cuenta de que uno ni siquiera tiene poder y dominio sobre uno mismo, cuando se descubre actuando de forma que nunca imaginó, que su reacción poco tiene que ver con su pensamiento, que la condición corporal determina casi todo cuanto hacemos, que nos creemos libres sin apenas vislumbrar qué es lo que determina nuestros propios actos. Y luego están las situaciones, los momentos, las oportunidades, lo espontáneo, lo aleatorio, lo irrepetible, lo que nuestra condición de mono erguido con pulgar retráctil y gigantesca cabeza no supo prever. Lo que quizá, incluso más allá de cualquier condición, no se pudo anticipar. y que generalmente contribuye de manera decisiva en nuestros vínculos afectivos, el trabajo, la salud, e incluso la vida y la muerte.
¿Existe realmente el azar si todo efecto tienen una causa y todo consecuente su antecendete, si lo futuro no se predice sino por el desconocimiento de los miles de variables y concausas que confluyen para dar lugar al acontecimiento? A nadie le importa; porque está fuera de todo control. Porque nosotros mismos somos como una enorme casa, pero con un sótano al que no podemos acceder: a veces suben olores, a veces podemos entrever algo por una rendija; aunque quién sabe si allí hay un hombre que intenta escapar por un agujero hasta el jardín, una maquinaria que remueve los cimientos de la casa, un mago que nos dirige como a una marioneta o una bomba de diez megatones programada para destruirlo todo. Probablemente todo eso y alguna cosa más. Y el dominio que tenemos del mundo es, más o menos, como el de nuestro rumbo subidos en esas barquitas de pedales en alta mar. Por más que uno se esfuerce, el viento, la lluvia o incluso los aleteos de las ballenas serán los agentes en nuestra natural exposición, quienes determinen sin saberlo si acabamos ahogados, regresamos a casa o terminamos en una isla paradisíaca o esclavizados en un barco pirata. Así que yo voy a dejar de pedalear y a difrutar de la vista. O, si acaso, a refugiarme como pueda de la tormenta.

4 comentarios:

Johnny Manes dijo...

Como gran dominador del azar que soy (un 7º puesto en un prestigioso e importantisimo torneo de poker lo avala), te diré que pongas la barquita rumbo a la isla paradisíaca y disfrutes mientras dás pedales como un cabrón, y ya veremos como acaba el cuento. A no ser que prefieras ser sodomizado por los piratas.

Dicho esto expondré algunas frases que me vienen a la cabeza.
- El primer paso al fracaso es intentarlo.
- No, el viernes lo tienes arreglado.
- Malo será que nos paren (guardia civil).
- Vamos a probarlo para ver si funciona.
- 25 años estudiando, para acavar de reponedor (tu favorita).

Anónimo dijo...

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Logan y Lory dijo...

Y es que "uno es uno y sus circunstancias" y son precisamente esas circunstancias las que nos limitan, las que ponen coto a nuestra razón, casi siempre acomodada a los estímulos externos que condicionan todo esa capacidad de razocinio... Lo has dicho muy bien, somos una penosa mutación de primate que en su día cometió el error de creerse superior y tratar de dominar cuando somos nosotros los dominados por todo aquello que nos atenaza racionalmente.

Seguiremos el consejo de nuestro contertulio y mejor es bogar con brío en esa barquita y dejar que el azar nos zarandee.

Un abrazo, siempre es un placer acercarnos a tu casa.

Anónimo dijo...

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