sábado 14 de noviembre de 2009

Naturaleza

Busco la palabra en el diccionario: tiene 18 acepciones y ninguna me gusta. La primera dice que es la esencia y propiedad característica de cada ser, lo cual, en cierto modo, dista mucho de los que los primitivos griego, que eran físicos, entendían por naturaleza. Me sorprende aún más que la segunda tenga un sentido religioso, en cuanto opuesto a la Gracia. La tercera, más habitual, afirma que es el conjunto, orden y disposición de todo lo que compone el universo. La naturaleza es el todo. Y la cuarta dice que, en sentido filosófico, es lo que se opone al artificio.
Hay una expresión muy típica y algo cursi: amante de la naturaleza. En cierto modo, casi todos creemos serlo. ¿Por qué? Porque me gustan los pajarillos, las montañas, los árboles y el mar. Muy bonito. Y es que la naturaleza es muy sabia, decimos. Es el hombre su cáncer, el que la está destruyendo. Sólo el hombre, segñun una expresión que habría de desterrarse para siempre, puede obrar contra natura, invirtiendo el orden lógico y normal del universo todo. Hay una tradición que nos aconseja vivir según la naturaleza, y yo mismo tengo dudas acerca de si no seríamos más felices comiendo las cosas del suelo y copulando unos con otros indiscriminadamente y en público (en cualquier caso, ya estamos tarde).
Pero me pregunto: ¿por qué es lo natural que el hombre se comporte como un perro? ¿no es más natural que sigamos las directrices que nos marca nuestra propia naturaleza? Bien pensado, lo natural es que creemos ricas y variadas formas de cultura, que hagamos plásticos con petróleo y que nos demos cientos de normas (con diversos grados de estupidez) a cada momento. ¿Por qué es más natural intentar conservar especies que extinguirlas si somos el más violento de los animales? Quizá porque sabemos que está en juego la propia supervivencia, que parece ser el principio más evidente de lo natural. Y, sin embargo, hay gente que se suicida y desea morir, y eso no parece natural. ¿no es también una posibilidad natural de los seres humanos? No entiendo que lo artificial no sea natural, que mi ropa y mi ordenador no sean tan naturales como una tela de araña, pues todas son complejas elaboraciones de distintas materias primas. Porque en el hombre lo natural es la cultura. Y me parece hasta natural que destruya la propia naturaleza (esto es sólo una reflexión, no una propuesta).
¿dónde quiero llegar con todo esto? Pues a algo bastante sencillo y obvio: que la naturaleza es tan hermosa como cruel y repugnante.
El otro día, en contra de mi voluntad, contemplé un espectáculo en el que una rana se comía un ratón. Repugnante, como digo. Yo veía un asesinato donde otros veían simplemente algo tan natural como el alimentarse de un gigantesco batracio. Y con razón, supongo. Cuando vemos la espectacular y plástica carrera del guepardo detrás de la gacela asistimos a algo que todos llamaríamos natural. Porque naturaleza no es sólo la organización de las abejas o las hormigas, ni la perfecta disposición de los órganos y funciones de nuestro cuerpo, es también lucha, violencia y destrucción, que aperece extraña en contraposición con conceptos creados como el deber, la justicia, la compasión. Que, siendo artificales, son naturales, porque la naturaleza es contradicción y guerra, y paz y armonía, y conservación y destrucción, y amor y odio.
¿Y qué es la ecología? Pues el logos del oikos, o sea, el pensamiento y conocimiento de la casa, que en este caso es un planeta entero, que nos regala paisajes y amaneceres y perritos y gatitos, y también catástrofes descomunales, virus, enfermedades y cientos de millones de muertes diarias y que además incluye un viaje gratuito cada año alrededor del sol.
La séptima acepción dice así: instinto, propensión o inclinación de las cosas, con que pretenden su conservación y aumento. ¡Ay, ingenuos y bienintencionados señores de la Rae con sus letreados sillones! y también la destrucción y disminución de los demás, y hasta de uno mismo si hace falta.
Todo es natural. Por eso la naturaleza da tanto asco, porque también es natural que, a través de mi propio cuerpo, se dé asco a sí misma.

sábado 31 de octubre de 2009

Halloween

Es curioso. Uno va por la calle o pone el telediario (actividades poco recomendables para un ser humano que pretenda mantener la cordura) y se sorprende de la nueva festividad que nos invade. La noche de brujas, por españolizar el asunto. Pero, sorprendentemente, no se refiere a la Patiño, la Esteban y las cotillonas de Antena 3 (les pongo el artículo porque los nombres propios son para personas), sino a esa bonita tradición del truco o trato. En muchos sitios, se venden más disfraces ahora que en Carnavales. Y esto me hace pensar en este hermoso país pleno de cultura, llamado España, y sus habitantes.
Si os fijáis, salvo contadísimas excepciones, todos nos declaramos sin tapujos enemigos de la "cultura" americana, yanki. Y lo pongo entre comillas porque a duras penas se puede hablar de cultura. Los americanos dan pena. Han tenido un presidente guerrillero e ignorante hasta hace poco. Contaminan ellos solitos lo mismo que el resto del planeta. Su capitalismo salvaje atenta contra la solidaridad y las necesidades humanas más básicas (cosa que no ocurre con los valores y normas de nuestra España). Y, sobre todo y ante todo, son unos incultos, porque no saben señalar dónde está Francia en un mapa.
Nosotros, los españoles en particular y los europeos en general tenemos el apoyo de miles de años de historia y cultura: Homero, Julio César, Carlomagno, Cervantes, Shakespeare, Newton, Darwin... Y, sin embargo, nuestra grandiosa tradición no nos empuja a preguntarnos de dónde viene y qué significa Halloween. Algo extraño, porque en Navidad todo el mundo celebra el nacimiento de Jesucristo en su centro comercial más próximo. Además, nosotros no bebemos su estúpida Coca-cola. Ni nos gusta el glamour de la patética ceremonia de los Oscar. Ni las hamburguesas o los centros comerciales. Ni las series y películas americanas, porque las hacen incultos que sólo se basan en multimillonarios presupuestos. Y, sobre todo y ante todo, cualquiera de nosotros sería capaz de señalar en un mapa Dakota del Norte y afirmar, como una obviedad que es, que su capital es Bismarck.
Yo no me sitúo en ningún bando en particular, consagrado como estoy al noble arte de llevar siempre la contraria. Y todas estas cuestiones son mucho más difíciles de resolver de lo que quiere aparentar un titular de un periódico. El índice de memos por metro cuadrado en Europa será bastante parecido al de Estados Unidos. Como nosotros ya teníamos el Quijote y La vida es sueño cuando ellos todavía lanzaban flechas montados a caballo, y encima ahora son la primera potencia económica (y en cualquier otro aspecto importante) del mundo, nos atrevemos a mirarlos por encima del hombro, con la distancia que nos da el charco que tenemos de por medio. Pero como se sabe, el que imita al tonto es tonto al cuadrado. La estupidez y la incoherencia llega a tal extremo, que en lugar de preguntarnos cómo gestionan el ámbito universitario o la creación de empleo, dentro de poco empezaremos a repartir armas para defender a nuestras familias. Es curioso que los buenos médicos e ingenieros, entre otras profesiones decisivas para el desarrollo de un país, aunque sean españoles, se van a norteamérica a trabajar. ¿Mercenarios como futbolistas? No lo creo. Quizá allí tienen mejores medios que en ningún otro lugar. Quizá allí tienen un sueldo y una estima que se corresponde con la importancia de la labor que desempeñan. Quizá están buscando salida lejos de un país, y una cultura, que les ningunea. Ellos se lo pierden, porque en nuestro país, de rica tradición, sabemos bien lo que hace gente como María Blasco y sus experimentos que consiguieron que un ratón resistiera el cáncer; y estamos muy al día sobre los recortes de presupuesto en ciencia y tecnología; y conocemos las consecuencias de que el dinero en la educación se gaste en ordenadores y punteros láser a costa de la incoporación y formación de profesores. Supongo que estaréis bien informados de ello gracias a los reportajes de Telecinco y al programa de Iker Jiménez.
¡Malditos yankis incultos! Los cultivados europeos no podemos perder el tiempo con las ridiculeces del país del despilfarro y la contaminación. Mejor vamos adelantando las compras de Navidad, que ya pronto los ayuntamientos podrán las luces (algo, como tantas otras cosas, tan original y típico nuestro) que por tan pocos millones de euros nos alegran a todos el corazón. Viva la cultura

martes 20 de octubre de 2009

Desde arriba

A pesar de cierto vértigo y del dolor de piernas que suele producir el subir escaleras que se cuentan por cientos, merece la pena encaramarse a los lugares más altos de las ciudades para tenerotra perspectiva. Se ve mejor estando allí que en las fotos, pero aún así se aprecia bastante bien.
En ciudades cuadriculadas como Barcelona o Nueva York es aún más impactante la vista de las interminables avenidas, pero éstas tampoco están mal. Sevilla, Florencia y Atenas








domingo 4 de octubre de 2009

Amor/Odio

Dicen que del amor al odio sólo hay un paso. Y al revés supongo que también. En realidad, no hay mucha distancia de ningún sentimiento humano a cualquier otro, porque lo verdaderamente especial de nuestra condición es la inestabilidad.
De acuerdo con Parménides, si el ser es y el no-ser no es, nacimiento y muerte son sólo una ilusión. Las cuatro raíces (agua, aire, tierra y fuego) se mezclan y disuelven sin cesar y permanecen eternamente iguales e indestructibles. El universo ya no es una sustancia que se transforma, pues las cualidades son ya inmutables, son los elementos últimos de la realidad. Pero existen también dos fuerzas, la amistad y la discordia, que más líricamente llamamos amor y odio, cuyos nombres no importan, pues no son otra cosa que aquello que une y que separa todas las cosas.
Sin embargo, en contra de lo que nos enseña esa estalactita humana llamada Walt Disney, el mundo no es maravilloso cuando gobierna el amor y horrible cuando lo hace el odio. Si sólo hubiera amor todo estaría indisociablemente unido, como una esfera compacta. Si predominase completamente el odio, todo estaría disperso y nada se comunicaría con nada. Ambos tienen que coexistir en lucha, en tensión y alternarse según ciclos.
Aunque en mi ser hay un claro predominio de fuego y de la fuerza del odio, el cambio es inevitable. Estaba leyendo a Epicuro, alguien por quien siempre había sentido un cierto desdén: me parece que el término hedonismo nunca se ha empleado de manera tan absurda; que su atomismo mutila lo más valioso de aquél que, precisamente, plagió sin escrúpulos; que su teoría del conocimiento es la cosa más pobre que he estudiado en mi vida, haciendo de la sensación el criterio último y único de validez y postulando los átomos, invisibles, inaudibles, etc., como la única realidad. En fin, un cúmulo de despropósitos a la vista de todo el mundo; una capacidad especulativa a años luz de cualquier filósofo anterior a él.
Y todo esto, de un plumazo, lo dignifica con la extremada sencillez de su pensamiento y sus máximas. Todo lo anterior de nada sirve si no contribuye a liberarnos de nuestros temores, de nuestros deseos creados y superfluos. La naturaleza establece unos límites adecuados y fáciles de conocer; el dolor es fácil de suprimir y el placer de alcanzar si eliminamos las opiniones que nos alejan de la suprema felicidad, que es la tranquilidad del espíritu, tarea estrictamente individual que puede realizarse al margen de cualquier adversidad externa. La amistad, aquello que dijimos que unía lo disperso, es beneficiosa por la cantidad de bienes que reporta. Tantos, que terminamos por olvidar el utilitarismo, la búsqueda individual del placer, que terminamos gozando con la representación del placer ajeno, con la alegría del amigo y amado. Una felicidad privada, pero compartida. Magnífico

miércoles 30 de septiembre de 2009

Infierno

La muerte es un tema que parece aterrarnos a todos por igual. Menos a las señoras que cruzan por la mitad de la calle cuando voy conduciendo y a los pokeros con moto que tanto se preocupan por proteger su codo con el casco, claro. Y digo esto pensando en ese lugar con el que se aterraba durante siglos a todo bicho viviente: el infierno.
Pregunto yo, si Dios es todopoderoso y bondadoso ¿cómo dejó que un ángel se rebelara contra él y fundara una región en la que castigar a los humanos que él había creado a su imagen y semejanza? Pues porque en el cielo no había sitio para todos y le venía bien. Además, todo superhéroe necesita un archi-enemigo, porque somos lo que somos por oposioción a otras cosas, porque sin referencia a los contrarios no podríamos definir nada.
No creo que tal lugar exista. Bueno sí, en realidad llevamos ya bastante tiempo viviendo en él. Como dice mi amigo Schopen, "La vida como péndulo oscila constantemente entre el dolor y el hastío, que son en realidad sus elementos constitutivos. Este hecho ha sido simbolizado de una manera bien rara: habiendo puesto en el infierno todos los dolores y todos los tormentos, no se ha dejado para el cielo más que el aburrimiento". No sé, una eternidad contemplando a Dios puede estar bien, pero a larga...
El caso es que, de existir, la mayoría de nosotros acabaríamos allí. Y reconozco que tengo cierta curiosidad, porque creo que una eternidad siendo sodomizado por Satán me va a parecer como unas vacaciones pagadas comparado con tener que rellenar papeles y formularios para la Junta. Satanás, no me cabe duda, gusta de disfrazarse de funcionario, y mediante la burocracia está extendiendo su dominio sobre la faz de la tierra. Sus secuaces ya no son los que eran: lo de disfrazarse de serpiente, de Hitler, Walt Disney o Ramón García es cosa del pasado. Ahora actúa a través de formularios, currículos, anexos y fotocopias compulsadas. Los tiranos de antaño ahora se llaman "consejero delegado" y en lugar de dirigirnos a ellos como posesiones satánicas con crucifijos, espejos, ajos y mariconadas por el estilo, encima hay que tratarles de "Excelentísimo Señor" y no de "Señor del Averno".
¿Para qué va a comprobar nadie cómo haces tu trabajo si un papel puede ahorrar esa molestia? ¿Para qué va a leer nadie lo que escribes si podemos mirar los índices de impacto y calidad?
Total, que estoy hasta las pelotas y todo será que me coja una gripe A en condiciones para que me pase por los infiernos a ver quién sodomiza a quién.

viernes 18 de septiembre de 2009

Contra lo útil

"Pretender que de toda ciencia resulte algo distinto de ella misma y que ésta deba ser útil es propio del que ignora por completo cuánto separa en origen a las cosas buenas de las necesarias, pues se diferencian en grado sumo. En efecto, a las cosas que queremos en virtud de otras, y sin las cuales es imposible vivir, se les debe llamar «necesarias» y «concausas», mientras que las queremos por ellas mismas sin que de ellas se siga ninguna otra cosa, las llamamos con propiedad «buenas». Y es que esto no es deseable por aquello, y aquello en virtud de otra cosa, y prosiguiendo así hasta llegar al infinito, sino que la serie se detiene en algún punto. Es ya, por tanto, del todo ridículo demandar de cada cosa otro provecho más allá de la cosa misma, y preguntar: «¿qué provecho tiene, entonces, para nosotros?» y «¿qué utilidad tiene?» Pues en verdad, como decimos, quien habla así no parece ser el que conoce lo bello y lo bueno ni el que distingue la causa de la concausa" (Aristóteles, Protréptico, 42).
Lo necesario y lo útil nunca son fines en sí mismos, sino que se buscan por alguna otra cosa, por lo que se convierten en esclavos, en actividades serviles. Lo inútil, sin embargo, es lo más excelente de todo, lo que se desea por sí, sin que de ello se derive ninguna otra cosa. Esos son los placeres de la contemplación, los que se buscan por sí mismos, por el mero hecho de conocer, por el simple placer que reporta, algo para lo cual la naturaleza nos ha otorgado una facilidad inimaginable; algo que ya demuestran los niños, con su asombro y curiosidad, y sobre todo con su inocencia aún no pervertida por las costumbres de una sociedad esclava y servil obsesionada con lo útil, con lo que no vale por sí mismo sino que depende de aquello que produce.
Escuché una vez a José Hierro, premio Cervantes si no recuerdo mal, comparar la vida con una pista de patinaje. Allí estamos moviéndonos, patinando, viajando de un lado a otro y, sin embargo, no preguntamos «¿dónde vamos?» Porque la respuesta es a ninguna parte, porque no queremos ninguna otra cosa que no sea el patinar mismo, sin destino, sin objetivo. Es como la vida, que tiene que cubrir ciertas necesidades para sostenerse, la servidumbre de lo útil. También hay que calzarse unos patines para patinar. Pero lo inútil, lo más excelente, es disfrutar del propio viaje, de ese no necesitar ninguna otra cosa que es la libertad suprema.

domingo 13 de septiembre de 2009

Destino

"Creo en el destino" es una de esas frases que todos hemos oído decir a alguien en alguna ocasión y que dudo mucho que nadie que la pronuncie entienda el significado de sus propias palabras.
Yo sí creo en el destino, en el de un tren o un avión. "Tren con destino Madrid", dice una voz por megafonía. O sea, que creo en Madrid, lo cual no implica que la ciudad exista necesariamente ni que el tren vaya a llegar, aunque confiamos en que sí.
Quien crea en un ser todopoderoso que domina y decide todos los acontecimientos, pensará que todo sucede según su designio, en cuyo caso aceptará que tiene un sentido del humor ciertamente macabro que los mortales no alcanzamos a comprender.
En caso contrario, no entiendo que alguien afirme que estaba destinado a tal cosa o que "el destino está escrito". Dónde y por quién, pregunto yo. Es una de esas cosas que, producto de la imaginación como es, no puede verificarse y, por lo tanto, no puede demostrarse lo absurda que es. Creo que hay mejores maneras de justificar los hechos que afirmando que una fuerza sobrenatural imprime necesidad a los acontecimientos. El pasado no se puede cambiar, pero eso no implica que las cosas tuvieran que ser necesariamente como fueron de hecho.
Entiendo la típica frase de abuela de "lo que tenga que ser será", pues la experiencia le ha demostrado ya la inutilidad de la voluntad humana. Pero decir que las cosas tenían que ser como han sido me parece la manera más simple y supersticiosa de eludir la responsabilidad. Quien dice cosas así no se considera, paradójicamente, como un muñeco que nada puede hacer manejado por un José Luis Moreno que mueve los hilos de las galaxias. Ni tampoco dudará en culpar a alguien cuando obre en su perjuicio. Y, sin embargo, afirma que su destino era trabajar donde trabaja o que alguien la palmara cuando la palmó.
Si existe un determinismo en la naturaleza, una concatenación de causas y efectos que nos obliga a actuar como actuamos, que nos obliga a reaccionar de una manera fija ante un determinado estímulo o motivo, no podemos saberlo por la infinita conjunción de causas y concausas. Cierto es que al soltar una piedra desde un edificio podemos determinar la velocidad a la que caerá y los destrozos que provocará. Que yo me tropiece con un bordillo por una concatenación inexorable de causas que se remontan al princpio del universo y que no podía evitarlo debido a que la libertad y el azar no son sino una ilusión, ya es más difícil de creer.
Parece que la mecánica cuántica admite la exitencia del azar, aunque nunca sabremos si esta palabra sólo designa nuestro desconocimiento de ciertas causas. Si yo podría haber actuado de diferente modo, o si determinados neurotransmisores, o lo que sea, en mi cerebro, no podían reaccionar de otra manera que como lo hicieron, es difícil de precisar.
Pero si me cago en la madre del subnormal que mi hizo aquello, y me cabreo porque no me llamaste o porque el tren ha llegado tarde, no voy a ser tan incoherente como para decir que tal cosa no podía ser de otra manera, ni ha resginarme como un abuelo que observa imperturbable el transcurrir de los acontecimientos.
De momento, lo poco que sé es que mi destino es la cocina, que ya voy teniendo hambre.